Nacer en Argentina y ser una estrella del Fútbol Profesional Colombiano (FPC): la historia de ‘El Chaqueño’ Víctor Hugo del Río

Nacer en Argentina y ser una estrella del Fútbol Profesional Colombiano (FPC): la historia de ‘El Chaqueño’ Víctor Hugo del Río

Entre risas, recuerdos y anécdotas únicas, Víctor Hugo del Río recorre los momentos que marcaron su vida en Colombia, sin dejar atrás la garra argentina que lo acompañó dentro y fuera de la cancha.

Por: Carlos Daniel Chaves Cárdenas, Jessica Lorena Ferreira Robayo y Juliana Lucía Castillo Carrillo.

Asesor: Sandro Angulo Rincón.

Víctor Hugo del Río nació el 1 de enero de 1953 en Resistencia, en la provincia argentina del Chaco. Sin embargo, sus primeros recuerdos están ligados a Quilmes, ciudad a la que llegó con apenas dos años junto a sus padres, quienes se trasladaron en busca de nuevas oportunidades. El deporte ya estaba presente en su familia. Su padre y su tío Carlos también fueron futbolistas, mientras que su abuelo y su tío Moncho se dedicaron al boxeo.

Sus primeros pasos como deportista se dieron en el potrero y en la calle. Allí pasaba horas jugando con sus amigos, con su perro o golpeando la pelota contra la pared. También intentaba imitar los movimientos de su padre en la cancha, quien se desempeñaba como defensor central. Por eso, Víctor Hugo comenzó a construir una personalidad fuerte y aguerrida, acostumbrada a disputar cada balón. Sin embargo, su futuro le deparaba una posición más adelantada en el campo.

Una invitación a jugar microfútbol terminó modificando la forma en la que entendía su propio juego. Acostumbrado a desempeñarse como defensor, al igual que su padre, llegó a aquel partido dispuesto a ocupar la misma posición, pero le pidieron que jugara como delantero. Nunca había jugado allí. Aun así, encontró rápidamente una nueva faceta: marcó tres goles y comenzó a descubrir que también tenía habilidad para manejar el balón y atacar. Fue el momento en que empezó a dejar atrás al defensor que, según él mismo recuerda, se limitaba a despejar la pelota.

Una de las anécdotas que Víctor Hugo recuerda de sus primeros años en el fútbol, y que considera especialmente importante, ocurrió con su madre. En una ocasión, ella lo vio llorar porque no conseguía ejecutar una jugada como quería. Víctor Hugo intentó explicarle con las manos el movimiento que buscaba realizar. Ella, lejos de decirle que abandonara la idea, le pidió que confiara en sí mismo. Le recordó que era inteligente y que podía conseguirlo. Víctor Hugo atesoró ese consejo, que acompañó su formación y fortaleció su regate, una habilidad que, con los años, se convertiría en una de sus principales características como futbolista.

Con el paso de los años, su talento comenzó a llamar la atención en Quilmes Atlético Club. Allí pasó cerca de cuatro años antes de recibir una oportunidad que cambiaría definitivamente su trayectoria. Desde muy joven, el sacrificio formó parte de su carrera. Para entrenar debía recorrer largas distancias en tren y, en ocasiones, hacerlo sin dinero suficiente siquiera para comer durante el viaje. Cansado de aquellas condiciones, estuvo a punto de abandonar ese recorrido. Pero el fútbol tenía preparado otro destino.

Un partido en cancha grande contra Racing Club de Avellaneda se convirtió en el punto de entrada a una de las instituciones más importantes de su carrera. José Santiago, quien ya lo conocía desde sus primeros años en Quilmes y ahora hacía parte de Racing, le pidió sus documentos al final del partido y le anunció que comenzaría a jugar en la novena división de La Academia, apodo con el que se conoce al club de Avellaneda. Víctor Hugo ni siquiera alcanzó a procesar la noticia cuando, apenas una semana después, ya estaba vistiendo la camiseta albiceleste.

Su paso por Avellaneda se extendió durante siete años, aunque su evolución fue mucho más rápida de lo habitual. En apenas cinco años escaló todas las categorías, generalmente jugando junto a futbolistas dos o tres años mayores que él. El potrero le había dado una ventaja: estaba acostumbrado a competir contra jugadores más grandes y a no esconderse ante el contacto físico.

En Racing construyó una reputación propia. Sus condiciones técnicas hicieron que dentro del club lo reconocieran como uno de los mejores jugadores de su generación y le pusieran el apodo de “El Marqués”, en referencia a Rubén Héctor Sosa, una de las leyendas de La Academia. Allí fue campeón de cuarta y tercera división y alcanzó la categoría juvenil profesional con apenas 18 años. Además, compartió espacios con futbolistas que ya habían alcanzado grandes logros en el fútbol argentino y que posteriormente serían campeones del mundo o protagonistas de grandes noches internacionales.

Pero el camino hacia el profesionalismo no se le dio en La Academia. José Pizzuti, técnico campeón del mundo con Racing, reconocía sus condiciones, aunque decidió no contar con él para el primer equipo. Víctor Hugo tuvo que buscar otra oportunidad y pasó por Arsenal de Sarandí antes de regresar a Racing. Después, una reorganización dentro del club lo llevó a Lanús, en Primera B, donde permaneció durante dos años y consiguió el ascenso.

Fue en Lanús donde apareció, además, uno de los grandes referentes de su infancia. Ángel Clemente Rojas, uno de sus ídolos, terminó siendo compañero suyo e incluso suplente. Para Víctor Hugo, compartir vestuario con aquel futbolista que había admirado desde niño fue una de esas coincidencias que parecían imposibles. El ídolo que alguna vez había observado desde la distancia terminó convirtiéndose en compañero y amigo.

Su carrera en Argentina, sin embargo, estaba a punto de tomar otro rumbo. Una lesión le impidió viajar con Lanús a una pretemporada en Bolivia y Perú, pero pocos días después disputó un amistoso frente a Talleres de Remedios de Escalada. Entre los espectadores había dos dirigentes del Cristal Caldas de Manizales. Lo que para Víctor Hugo era simplemente otro partido terminó siendo una puerta hacia un país que hasta entonces solo conocía de nombre.

No era la primera vez que Víctor Hugo coqueteaba con la posibilidad de salir del país. Anteriormente ya habían mostrado interés equipos de Uruguay, Francia y Alemania, pero ninguna de esas posibilidades llegó a concretarse en una oferta formal. Esta vez, sin embargo, era diferente. Después de varios retrasos en la negociación, el trato finalmente se cerró.

Víctor Hugo, a diferencia de su padre, que miraba la oferta de Colombia con escepticismo, estaba dispuesto a aceptar. Esto significaba abandonar el país donde había crecido, donde se había formado como futbolista y donde había construido sus primeros vínculos profesionales. Además, su esposa estaba embarazada, lo que hacía que aquel viaje tuviera una dimensión familiar todavía más importante. Aun así, decidió aceptar el reto.

Con el traspaso, recibió un anticipo de diez mil dólares y, junto a su esposa, emprendió el viaje a Colombia. No sabía exactamente qué encontraría al norte del continente, pero sí que estaba dejando atrás una etapa importante de su vida para comenzar otra. Llegaba a un país que conocía apenas de referencias y a un fútbol que, como descubriría poco después, tenía una manera muy distinta de entender el juego.

Lo primero que le pidieron a Víctor Hugo tras su llegada a Colombia fue que se cortara el pelo. Llevaba una melena desde hacía años y el cabello largo se había convertido en una parte importante de su identidad, al punto de acompañarlo durante buena parte de su formación y de su carrera como futbolista.

Cuando tenía alrededor de cinco años, salió con su padre a dar una vuelta. Sin embargo, al acercarse a una peluquería, su padre comenzó a llorar. Fue la única vez que Víctor Hugo lo vio hacerlo. Al preguntarle qué ocurría, descubrió que lo había llevado allí para cortarle el cabello.

Víctor Hugo se resistió, pataleó y no quería sentarse en la silla. Finalmente, su padre tuvo que sujetarlo mientras el peluquero comenzaba a cortarle el pelo. La razón era que en pocos días comenzaría el colegio y allí no permitían que los niños llevaran el cabello largo. Su padre le prometió que, una vez terminara la primaria, podría dejarse el pelo como quisiera.

Desde entonces, el cabello largo adquirió un significado especial para Víctor Hugo. Una frase de su padre le quedó grabada durante los años siguientes: le decía que su suerte estaba en el cabello largo. Él hizo de esa idea algo propio y, durante su carrera en Argentina, mantuvo siempre su melena, incluso cuando los clubes le imponían multas por llevarla.

La exigencia que recibió al llegar a Colombia representó algo más que un simple cambio de apariencia. Ahora, al comenzar una nueva etapa de su vida y de su carrera, tenía que dejar atrás una de las características que más lo identificaban.

La adaptación a Colombia no fue sencilla para Víctor Hugo ni para su esposa. Durante los primeros días permanecieron en un hotel y tuvieron que acostumbrarse a una cultura y unas costumbres diferentes. Incluso algo tan cotidiano como el desayuno representó un cambio importante. Víctor Hugo estaba acostumbrado a tomar mate, mientras que en Colombia se encontró con preparaciones de todo tipo de huevos.

Una mujer que trabajaba en el hotel se dio cuenta de las dificultades que estaban teniendo y decidió ayudarlos. Les ofreció prepararles un desayuno diferente cada día, algo que significó un apoyo importante durante aquellos primeros días.

La alimentación también fue un proceso de adaptación. Víctor Hugo intentaba explicar cómo quería que prepararan la carne, buscando que le dieran milanesas, pero las diferencias en las costumbres culinarias hicieron que los primeros intentos fueron bastante distintos de lo que esperaba, le preparaban bistec con huevo. Aquellos cambios terminaron afectándolo físicamente. En lugar de ganar peso, comenzó a adelgazar, y su esposa, que además estaba embarazada, también perdió peso durante los primeros días.

A todo esto se sumaba la dificultad de adaptarse al fútbol colombiano. Víctor Hugo era ‘cabulero’ y durante sus primeros partidos el gol parecía negársele. Remataba al palo, enviaba la pelota afuera o los defensores alcanzaban a despejarla sobre la línea. En medio de una tormenta en Manizales, una publicidad de una venta de pollos que estaba instalada en el lugar salió volando y terminó dando pie a las bromas de quienes relacionaban aquel episodio con la mala suerte goleadora de Víctor Hugo.

Sin embargo, los goles terminarían llegando. Víctor Hugo nunca se consideró un goleador puro. En Argentina acostumbraba a marcar entre 14 y 15 goles por temporada, aunque también se había ganado el apodo de “el rey de los penales” por la cantidad de faltas que recibía dentro del área. Para él, más importante que las cifras era el juego inteligente y habilidoso que lo caracterizaba.

Después de una primera temporada complicada, Víctor Hugo comenzó a prepararse mejor. En su segundo año marcó siete goles y, al año siguiente, alcanzó los 21. En la temporada siguiente volvió a tener una destacada producción ofensiva, con 19 goles. Su rendimiento empezó a llamar la atención y Víctor Hugo comenzó a convertirse en uno de los jugadores importantes del fútbol colombiano.

En ese momento apareció la posibilidad de pasar al América de Cali. La negociación entre los clubes parecía encaminada y Víctor Hugo esperaba convertirse en uno de los nuevos jugadores del equipo caleño. Sin embargo, una tarde, mientras escuchaba la radio, su nombre apareció ligado a otro destino.

Víctor Hugo esperaba escuchar el nombre del América, pero al final del programa anunciaron que había sido vendido al Deportes Tolima. La noticia lo tomó completamente por sorpresa. No era el destino que esperaba y la decepción inicial fue inmediata.

Entonces recibió una llamada de Gabriel Camargo, presidente de Deportes Tolima, quien buscó convencerlo de aceptar el proyecto de su equipo. Le prometió que sería uno de los jugadores mejor pagados del equipo y que se construiría un plantel competitivo a su alrededor. La propuesta económica fue importante, pero también lo convenció la posibilidad de convertirse en una de las figuras de un nuevo proyecto.

Fuente: archivo personal

Deportes Tolima de 1980: arriba de izquierda a derecha: Gallego, Mendoza, Ramírez, Centurión y Quintabani. Abajo de izquierda a derecha: Cabezas, Araújo, Mungía, Del Río, Montúfar y Carrillo.

Finalmente, Víctor Hugo aceptó. Junto a él llegaron varios jugadores procedentes de Caldas y otros futbolistas que terminaron completando el nuevo equipo. En total, cerca de siete jugadores se incorporaron a aquella plantilla, dando forma a un proyecto que marcaría una nueva etapa en la carrera de Víctor Hugo del Río.

La llegada a Ibagué significó el comienzo de una nueva etapa en su carrera. El equipo todavía no contaba con una cancha de entrenamiento propia, por lo que estos debían realizarse en diferentes escenarios deportivos de la ciudad y en escuelas a las que tenían que desplazarse constantemente.

Cada día comenzaba con el viaje al Parque Deportivo, aunque también era habitual trasladarse a otras canchas de la ciudad y aunque las condiciones no eran las ideales, Víctor Hugo recuerda aquella etapa con cariño. Los constantes desplazamientos se convirtieron en parte de la experiencia y también ayudaron a construir la identidad de un grupo muy nuevo que comenzaba a formarse en Ibagué.

Este equipo intentaba mostrar una identidad propia. Víctor Hugo cuenta que con el paso del tiempo llegaron nuevos jugadores, otros se marcharon y la plantilla comenzó a transformarse hasta que, al año siguiente, en 1981, apareció una figura que cambiaría la manera de entender el juego en toda la ciudad.

Ricardo de León llegó con una propuesta táctica que, para aquella época, resultaba novedosa. Su idea estaba basada en la presión constante sobre el rival, un sistema que Víctor Hugo recuerda como el pressing. El objetivo era recuperar la pelota rápidamente y mantener al equipo preparado para presionar en todos los sectores del campo.

La adaptación no fue inmediata. Durante tres meses, el plantel trabajó intensamente, con entrenamientos en la mañana, la tarde y la noche. Los resultados tampoco acompañaron al principio: el equipo pasaba los partidos sin conseguir victorias mientras los jugadores asimilaban el nuevo sistema. Pero, poco a poco, comenzaron a entenderlo y los resultados empezaron a aparecer.

Cuando el equipo finalmente logró dominar la idea de Ricardo de León, comenzó una etapa completamente diferente. El funcionamiento colectivo mejoró y las victorias empezaron a llegar. Aquel equipo terminó convirtiéndose en un conjunto recordado por muchos de sus integrantes como el gran “Kokorico Tolima”, una etapa que también significó un salto importante en la carrera de Víctor Hugo.

Ese año tuvo además un reconocimiento individual que marcaría su trayectoria. Víctor Hugo terminó como goleador del año y fue elegido como la figura de la temporada. El reconocimiento tuvo un valor especial porque consiguió imponerse en la competencia por el puesto a un futbolista de enorme trayectoria y, al mismo tiempo, amigo suyo: el peruano César Cueto, que en ese tiempo jugaba en Atlético Nacional.

Después del reconocimiento conseguido en la temporada anterior, el grupo comenzó a crecer. Los jugadores habían asimilado el sistema de Ricardo de León y la idea de juego empezó a convertirse en una característica del equipo. El trabajo realizado durante meses comenzó a reflejarse en la cancha y el Deportes Tolima adquirió una identidad que lo llevó a competir por los primeros lugares en liga ese año.

Víctor Hugo encontró un lugar importante dentro de ese grupo. Su carácter competitivo hacía que durante los partidos estuviera pendiente de sus compañeros y de los errores que podrían corregirse. La exigencia era parte de su manera de entender el fútbol. Para él, cada partido tenía que jugarse para ganar.

La relación entre los jugadores también se fortaleció fuera de la cancha. Con el paso de los partidos aparecieron las bromas y las historias que terminaron formando parte de la memoria de aquel equipo. Víctor Hugo recuerda que era un grupo muy unido y que, cuando ganaban, había espacio para celebrar y compartir. Cuando comenzaba el partido, todo cambiaba.

En medio de aquella temporada ocurrió uno de los episodios más dolorosos que Víctor Hugo recuerda de su paso por Ibagué. Durante un partido frente a Deportivo Cali el 18 de noviembre de 1981 en el estadio Manuel Murillo Toro, una parte de la tribuna cedió y provocó un accidente que dejó varios heridos. Víctor Hugo estaba dentro del estadio cuando escuchó el ruido y salió a la cancha junto al grupo de jugadores para saber qué había ocurrido.

Su primera preocupación fue encontrar a su esposa y a sus hijos, que se encontraban entre el público. Al salir vio las ambulancias y a las personas que intentaban atender a los heridos. Entre ellos había un niño que era trasladado en una camilla:

“Alcanzo a ver como este niño tenía una gran herida en la cabeza. La escena me dejó paralizado por unos segundos, hasta que finalmente encontré a su familia y comprobar que estaban bien”, relata.

Él ya tenía la sensación de que algunas cosas dentro del estadio no se estaban haciendo de la manera adecuada. A menudo, cuando llegaba al Murillo Toro, veía cómo varios niños y jóvenes lograban colarse sin boleta. La situación era frecuente y dejaba en evidencia que no existía un control suficiente sobre el ingreso del público ni sobre la cantidad de personas que podían ocupar las graderías. Con el tiempo, esa falta de control hizo que Víctor Hugo sintiera que la tragedia pudo haberse evitado.

El accidente tuvo consecuencias para el equipo. El estadio quedó fuera de uso y el Tolima tuvo que trasladar sus partidos a Bogotá. El cambio significó jugar lejos de Ibagué, aunque el grupo ya tenía experiencia entrenando y jugando en la capital. La ciudad, sin embargo, hacía falta. El equipo había construido una relación especial con su público y ahora debía afrontar sus partidos como local a cientos de kilómetros de casa.

Bogotá terminó convirtiéndose en el escenario de los momentos más importantes del club hasta ese momento. El primero de ellos ocurrió frente al Junior, en el partido que definía el subcampeonato de la liga 1981, y además el paso a la Copa Libertadores del siguiente año.

El encuentro tuvo una de esas escenas que terminan convirtiéndose en parte de la historia de un vestuario y de una ciudad completa. Víctor Hugo y Cristino Centurión se preparaban para ejecutar un tiro libre cuando Heberto Carrillo aseguró que él sería quien marcaría. Víctor Hugo no confiaba demasiado en su capacidad para cobrar una pelota quieta y decidió dejarlo intentarlo.

Carrillo tomó carrera y golpeó el balón. Víctor Hugo, que no dejó de mirarlo con fiereza mientras pateaba, pudo mirar la reacción del defensor zurdo antes de seguir la trayectoria de la pelota. El disparo entró en el ángulo y el gol terminó dándole el subcampeonato al equipo. La celebración reunió a los jugadores alrededor de Heberto, quien se convirtió en uno de los personajes más recordados de aquel grupo.

Víctor Hugo también recuerda una particularidad de Carrillo. Cuando enviaba un buen centro, esperaba el reconocimiento de sus compañeros; cuando el balón no encontraba destino, prefería mirar hacia otro lado y hacer como si la jugada no hubiera sido suya. Con el tiempo, aquellas situaciones se convirtieron en parte de la amistad que construyeron dentro del equipo.

La campaña también abrió la puerta a un escenario que para Víctor Hugo representaba una nueva experiencia. La Copa Libertadores de 1982, donde tendría que enfrentarse a los equipos más importantes del continente.

Para Víctor Hugo, la llegada a la Libertadores significaba llevar a aquel grupo de Ibagué a un escenario completamente diferente. El equipo había aprendido a competir en Colombia y ahora tendría que hacerlo fuera del país.

Uno de los primeros grandes recuerdos llegó ante Cobreloa. El Tolima consiguió la victoria en El Campín, ante una multitud que Víctor Hugo recuerda cercana a las 60.000 personas. Él mismo marcó uno de los goles y terminó siendo protagonista de una situación particular durante el viaje a Chile para el partido de vuelta.

En el aeropuerto, mientras sus compañeros avanzaban por una zona dedicada al equipo, a Víctor Hugo lo hicieron caminar por otro lugar. Un funcionario lo llamó y le pidió que lo acompañara. Él comenzó a preocuparse y a pensar qué podía estar pasando. Incluso llegó a sospechar que podían haber puesto algo ilegal dentro de su equipaje.

Lo llevaron hasta una zona rodeada por varios policías y gendarmes. Allí encontró cámaras, periodistas, reflectores y micrófonos. Fue entonces cuando entendió que no se trataba de un problema con su equipaje, sino del interés que había generado su actuación en el partido. Respondió las preguntas de los periodistas y, cuando terminó, uno de los funcionarios incluso le recordó que no olvidara su maletín.

Los viajes de ese semestre por la Libertadores continuaron. Después de pasar varios días en Chile volvieron al país. Luego se prepararon para viajar a Argentina y posteriormente a Paraguay para enfrentar a Olimpia. En uno de esos desplazamientos apareció otra de las anécdotas que Víctor Hugo recuerda de aquella Libertadores.

Durante una práctica en la cancha de Ferro Carril Oeste de Buenos Aires, mientras los jugadores realizaban el calentamiento, varios niños que participaban en un campamento vacacional se acercaron para observarlos. Al ver a los futbolistas, comenzaron a señalar a los jugadores negros del plantel y a relacionarlos con la selección de Camerún. Esa escena de inocencia provocó risas dentro del grupo y quedó como una de las tantas historias que acompañaron aquella primera experiencia internacional.

La participación en la Copa Libertadores llevó al Deportes Tolima a un escenario que pocos años atrás parecía lejano. El equipo había conseguido hacerse un lugar entre los mejores del fútbol colombiano y aquella generación comenzó a ocupar un espacio importante en la historia del club.

Con el paso del tiempo, las actuaciones, los goles y la continuidad que consiguió Víctor Hugo del Río en Ibagué hicieron que su nombre comenzara a ser cada vez el más reconocido entre los aficionados.

Su importancia dentro del equipo fue creciendo. Era uno de los jugadores que llevaba más tiempo en el grupo y conocía el proceso que había atravesado el club desde sus primeros años, en los que estaba lejos de ser importante. Había vivido todo el proceso y también había sido parte del equipo que consiguió consolidarse.

Ese recorrido hizo que su relación con el Deportes Tolima fuera diferente a la de muchos otros jugadores. Víctor Hugo no llegó a un equipo consolidado para vivir una etapa más de su carrera. Creció junto con una institución, en la que estaba edificando su propia historia.

Con los años, sus números comenzaron a darle otra dimensión a esa relación. Los goles se acumularon y su nombre empezó a aparecer entre los grandes referentes del club. Para los hinchas, Víctor Hugo se convirtió en un nombre sinónimo del mejor momento en la historia de la institución.

Pero su importancia no se explicaba únicamente por lo que ocurría dentro de la cancha. En Ibagué había formado a su familia, había hecho amistades y había pasado buena parte de su vida. La ciudad que al principio era un destino desconocido terminó convirtiéndose en su hogar.

Así fue como, casi sin darse cuenta, el futbolista que había llegado desde Argentina terminó convirtiéndose en uno de los nombres más importantes de la historia del Deportes Tolima. Sin embargo, su carrera todavía tendría un nuevo capítulo lejos del Tolima.

La oportunidad surgió con Atlético Nacional. Para Víctor Hugo, llegar a Medellín significaba asumir otro reto en una etapa en la que ya tenía una trayectoria consolidada en Colombia. Nacional era una institución con grandes aspiraciones y el cambio representaba también la posibilidad de competir en un entorno diferente.

Sin embargo, su paso por el club no terminó desarrollándose como esperaba. El proyecto deportivo comenzó a tomar otra dirección y la llegada de Francisco Maturana marcó un cambio importante. El técnico tenía una idea clara: quería construir un equipo conformado principalmente por jugadores colombianos.

Víctor Hugo comenzó entonces a ser prestado a otros equipos. Aquella situación marcó una etapa diferente de su carrera. Después de haber sido protagonista durante años en el Tolima, tuvo que volver a buscar su lugar en otros clubes y adaptarse nuevamente a diferentes grupos.

La decisión de Nacional lo acercó al final de su carrera como futbolista. Después de tantos años compitiendo por un puesto, llegó un momento en el que comenzó a preguntarse cuánto tiempo más quería mantenerse en esa dinámica. Había llegado a Colombia siendo muy joven y, para entonces, llevaba cerca de una década construyendo su vida en el país:

“El paso por Nacional fue una de las últimas etapas de mi carrera como jugador. Después vendrían nuevos destinos y, con ellos, una transición que poco a poco me llevaría a pensar en el fútbol desde otro lugar”.

Con el tiempo, sintió que aquella competencia permanente por un puesto ya no tenía el mismo sentido para él. Después de un corto paso por Deportivo Pereira, y luego de cerca de una década en Colombia, entendió que había llegado el momento de cerrar esa etapa. Regresó a Argentina y, aunque inicialmente parecía que su carrera como futbolista estaba llegando a su final, todavía tendría una última oportunidad.

Villa Dálmine se interesó en contratarlo y Víctor Hugo, de unos experimentados 34 años, aceptó presentarse a una prueba. Llegó después de haber pasado varios días enfermo, pero aquello no le impidió mostrar sus condiciones. En el entrenamiento, el equipo suplente se enfrentó al profesional y terminó ganando 6-1. Víctor Hugo marcó cuatro de los goles.

Su actuación fue suficiente para convencer a los dirigentes. El presidente del club le preguntó cuánto quería ganar y Víctor Hugo respondió con una cifra que consideraba justa para aceptar el regreso al fútbol profesional en la Primera B Metropolitana (tercera división de fútbol profesional). El acuerdo se concretó y recibió parte del dinero por adelantado.

Aquel regreso le permitió extender unos años más su carrera, pero también confirmó que el final estaba cerca. Había comenzado a sentir el desgaste de tantos años compitiendo y viajando. Después de haber jugado en Argentina y Colombia, entendía que su cuerpo y sus prioridades comenzaban a pedirle otra cosa.

Finalmente tomó la decisión de dejar el fútbol profesional. No hubo un momento único que marcara su retiro. Fue una decisión que fue tomando con el paso del tiempo, mientras entendía que ya no quería seguir peleando por un puesto como lo había hecho durante toda su carrera.

Sin embargo, retirarse de las canchas no significó alejarse del fútbol. Víctor Hugo encontró en la formación una nueva manera de mantenerse vinculado al deporte que había acompañado toda su vida. Comenzó a prepararse y a realizar cursos para convertirse en entrenador, aprovechando todo lo que había aprendido durante sus años como jugador.

Esa nueva etapa lo llevó primero al trabajo con divisiones menores y posteriormente a desempeñarse como asistente de Hernán Torres. También comenzó a desarrollar una faceta que terminaría siendo fundamental en su vida después del retiro: la búsqueda y formación de jugadores.

Su carrera como futbolista había terminado, pero su relación con el fútbol apenas estaba cambiando de forma. Durante los años siguientes recorrería Colombia buscando nuevos talentos y llegaría a recomendar cerca de 119 jugadores, entre ellos nombres como Julio Hernández, Trujillo, Campaz y Chará.

Fuente: archivo personal

Víctor Hugo del Río en su rol de asesor técnico y descubridor de talentos del Deportes Tolima. Posa al lado de Carlos “El Pibe” Valderrama.

Con el paso de los años, Víctor Hugo del Río terminó un lugar propio en la historia del Deportes Tolima. Sus 63 goles en Liga lo mantienen entre los máximos goleadores históricos del club y su nombre quedó ligado para siempre a una de las generaciones más importantes de la institución.

Su historia está ligada al Kokoriko, aquel proyecto que cambió la manera en que el Tolima era visto dentro del fútbol colombiano. Víctor Hugo fue una de las figuras de ese equipo y compartió aquella época con jugadores que dejaron su nombre en la memoria de los hinchas. La generación de comienzos de los años ochenta llevó al club a competir por los primeros lugares del campeonato y a disputar la Copa Libertadores, convirtiéndose en uno de los momentos de mayor trascendencia en la historia del Deportes Tolima.

Hoy, muchos años después de haber dejado las canchas, Víctor Hugo sigue viviendo en Ibagué. La ciudad terminó convirtiéndose en su hogar y el Tolima continúa ocupando un lugar especial en su vida. Su deseo es volver a estar más cerca del club, involucrarse nuevamente y aportar desde el lugar que pueda.

Víctor Hugo del Río llegó a Colombia buscando una oportunidad para continuar su carrera. Encontró mucho más que eso. Encontró una ciudad y un equipo con el que terminó construyendo una parte fundamental de su vida. Hoy, desde Ibagué, sigue mirando al Tolima con el mismo cariño con el que alguna vez salió a la cancha para defenderlo.

 

 

Agon y Areté
Soy Sandro Angulo Rincón, colombiano, periodista y profesor universitario. Investigo, practico en forma amateur y consumo deportes. Aspiro a producir piezas periodísticas de calidad y obtener la retroalimentación de los lectores para que Agon & Areté crezca entre distintos públicos de habla española, inglesa, portuguesa y árabe.

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