El fútbol y las vueltas de la vida: la historia de Janio Cabezas Valois, ‘El Eléctrico de Buenaventura’

El fútbol y las vueltas de la vida: la historia de Janio Cabezas Valois, ‘El Eléctrico de Buenaventura’

Janio Cabezas Valois (tercero abajo de izquierda a derecha), exfutbolista colombiano de las décadas de los 70 y 80, recuerda con cariño los momentos que marcaron su paso por el fútbol profesional colombiano y las experiencias que dejó el deporte en su vida.

Por: Carlos Daniel Chaves Cárdenas, Jessica Lorena Ferreira Robayo y Juliana Lucía Castillo Carrillo.

Asesor: Sandro Angulo Rincón.

Nacido en Buenaventura y criado en el calor de una familia numerosa, Janio Cabezas descubrió desde muy joven que su vida estaba ligada a un balón. A comienzos de los años setenta, tras el traslado familiar a Cali, persiguió su primer gran sueño: probarse en Deportivo Cali. Durante cuatro meses buscó su lugar, pero no superó la prueba. Lejos de abandonar sus aspiraciones, el rumbo de su historia cambió cuando su madre decidió que la familia se trasladara a la capital. Allí volvió a intentarlo, esta vez fue en Millonarios, y nuevamente recibió un “no” que no detuvo su determinación.

Fue entonces cuando apareció el giro inesperado, casi silencioso, que marcaría su vida. Independiente Santa Fe le tendió la mano que otros le habían negado. Primero lo recibieron en la Fuerza Básica, donde su talento comenzó a tomar forma bajo una disciplina más rigurosa. Apenas mes y medio después, su nombre ascendió al plantel profesional, como si el destino hubiese estado aguardando el momento exacto para revelarse.

En 1974, Janio Cabezas debutó oficialmente con Santa Fe, coronando un recorrido que nació en Buenaventura y que atravesó ciudades, pruebas y negativas para encontrar finalmente su lugar en el fútbol profesional. Era el inicio de una carrera que no sólo cumpliría un sueño personal, sino que lo llevaría a escribir su propio capítulo en la historia del deporte colombiano.

Durante cinco años, con un breve paso por Deportes Quindío en 1976, Janio Cabezas se formó y creció en Independiente Santa Fe, un periodo en el que pasó de ser una joven promesa a consolidarse como una alternativa real en el ataque. Sus primeros pasos en el plantel profesional estuvieron marcados por la exigencia de competir por un lugar con Ernesto Díaz, figura del equipo y uno de los delanteros más importantes del fútbol colombiano en aquella época. La disputa por la posición era intensa, pero también formativa: más allá de la competencia, entre ambos nació una relación de amistad que contribuyó al crecimiento futbolístico y personal de Cabezas.

Sin embargo, la ambición de sumar minutos y seguir evolucionando lo llevó a tomar una decisión clave en su carrera. En 1979, con la convicción de que necesitaba nuevos retos, se acercó a la dirigencia cardenal para manifestar su deseo de buscar oportunidades en otros escenarios. La respuesta fue positiva, y ese mismo año emprendió un nuevo rumbo al fútbol internacional.

Su destino sería Deportivo Táchira, al que llegó en condición de préstamo. Aquel cambio no solo representó la posibilidad de tener mayor continuidad, sino también el desafío de adaptarse a un entorno distinto, con otro ritmo de competencia y nuevas exigencias. Era el siguiente paso en la construcción de una carrera que se había forjado a base de perseverancia, y que ahora comenzaba a expandir sus horizontes más allá de Colombia.

Fuente: archivo personal

Janio Cabezas Valois vistiendo la casaca del Deportivo Táchira de Venezuela.

Su llegada a Venezuela coincidió con un momento histórico. Deportivo Táchira era un club joven, pero en pleno proceso de consolidación, con apenas cinco años de existencia y una identidad que comenzaba a arraigarse con fuerza en el fútbol venezolano. Fundado en 1974 y rebautizado en 1978, el equipo aurinegro estaba dando sus primeros pasos firmes en la primera división del país.

Con Janio, ese proyecto alcanzó su primer gran logro: el 9 de diciembre de 1979 Deportivo Táchira consiguió el título de la Primera División de Venezuela, el primero en la historia del club. Aquel campeonato no solo significó una estrella, sino el nacimiento de una identidad ganadora que, con el paso de los años, convertiría a Deportivo Táchira en uno de los equipos más importantes del país. Janio ya hacía parte de la historia grande de un club que, con el tiempo, se consolidaría como uno de los más laureados del fútbol venezolano.

Tras la consagración en Venezuela, su camino tuvo un breve regreso al país. Hizo un paso corto por Cúcuta Deportivo, una escala fugaz que sirvió como antesala para uno de los capítulos más importantes de su carrera. Ese mismo año, en 1980, su destino cambió nuevamente cuando fue adquirido por Deportes Tolima.

Al principio no parecía diferente. Llegar a Deportes Tolima, después de haber jugado en Venezuela, pasar por Cúcuta Deportivo y también por Deportes Quindío, no representaba un salto como sí lo había sido vestir la camiseta de Independiente Santa Fe, un equipo de tradición. Era, más bien, otro reto en el camino, en un club que históricamente no peleaba los primeros lugares y que buscaba cambiar su rumbo.

Pero todo empezaba a transformarse con la llegada de Gabriel Camargo a la presidencia y propiedad del club. Su irrupción marcó un antes y un después, Camargo buscaba impulsar una reestructuración ambiciosa, apostando por la contratación de jugadores de alto nivel en distintas posiciones, con la intención de cambiar la historia del equipo.

En medio de ese nuevo proyecto, Janio no solo encontró continuidad, sino también un entorno competitivo que potenció su fútbol. Fue allí donde coincidió y conectó con varios compañeros que elevaron el nivel colectivo, dando forma a un grupo que empezaba a ilusionar. Para él, ese periodo se transformó en algo más que una etapa profesional: fueron cuatro años intensos, de crecimiento, protagonismo y consolidación, en los que terminó de construir su identidad como futbolista.

La verdadera dimensión de su llegada a Deportes Tolima tuvo un protagonista central: Gabriel Camargo. Más que un dirigente, fue una figura determinante en su vida, alguien que marcó un antes y un después tanto dentro como fuera de la cancha.

Janio cuenta que el acuerdo entre ambos se dio con una rapidez inusual, casi inmediata, pero lo que realmente hizo la diferencia fue el cumplimiento de cada promesa. Hasta ese momento, después de seis años de carrera, Janio había vivido el fútbol sin una base sólida, el dinero se iba tan rápido como llegaba, sin mayor proyección ni estabilidad.

Todo cambió con un gesto concreto. La posibilidad de tener una casa representó seguridad y el inicio de una nueva mentalidad. Su primer contrato con Tolima dejó de ser únicamente un vínculo deportivo para convertirse en un punto de partida hacia la construcción de un futuro más estable.

La influencia de Camargo y su entorno fue más allá de lo económico. Allí aprendió a pensar a largo plazo, a administrar, a priorizar a su familia y a entender que la carrera de un futbolista se construye fuera del campo. Por eso, su paso por Tolima no solo fue determinante en lo profesional, sino profundamente transformador en lo personal, convirtiéndose en uno de los capítulos más importantes de su vida.

En Deportes Tolima las oportunidades no se las regalaron, tuvo que pelearlas en cada entrenamiento; Janio comenta que el nivel del plantel era tan alto que incluso entrar en la lista de concentrados ya era un logro. En una época en la que apenas catorce jugadores eran convocados por partido, la competencia interna se convertía en el primer gran desafío.

En su posición, la exigencia era máxima. Compartía lugar con futbolistas de trayectoria y jerarquía como Evaristo Isasi, campeón de Intercontinental con Olimpia de Paraguay; Eladio Vázquez, goleador recurrente del fútbol colombiano; y él mismo, todos con condiciones para ser titulares. Más adelante, la competencia se ampliaba con nombres como Cristino Centurión, Víctor Hugo del Río, Américo Quiñones y el “Piña” Mendoza, mientras que en otras zonas del ataque aparecía un joven Arnoldo Iguarán, a quien el propio Cabezas considera entre los mejores delanteros del país.

Fuente: archivo personal

Uno de los goles de Janio Cabezas Valois con el Deportes Tolima. En esta oportunidad enfrentando a Atlético Nacional en 1981.

En la delantera era un equipo profundo, donde cada posición estaba respaldada por talento de alto nivel. Por eso, el hecho de haber integrado de manera recurrente las nóminas y de haber estado presente en campañas más importantes del club terminó siendo una confirmación de su crecimiento y de su capacidad para competir en escenarios de máxima exigencia.

Hubo un momento que marcó profundamente a ese grupo de jugadores que se dirigía a cumplir la hazaña, y que terminó dándole aún más valor a lo que vendría después. En medio de una campaña que ya mostraba el crecimiento del pijao, ocurrió un hecho trágico en el estadio de Ibagué que cambió el rumbo de la temporada.

La fecha era 18 de noviembre de 1981, en la celebración de un Deportes Tolima vs Deportivo Cali. Janio recuerda como desde el camerino, sintieron un estruendo seco. La baranda principal del costado suroccidental del estadio Manuel Murillo Toro se desplomó. La incertidumbre fue total. Al salir por la boca de los camerinos, la preocupación ya no era el partido. Janio pensó de inmediato en su familia, que se encontraba en la tribuna superior, fuera de peligro. La angustia al ver lo que había ocurrido lo llevó a buscarlos entre la multitud, a sacarlos del estadio y asegurarse de que estuvieran a salvo. El fútbol, por un momento, pasó a un segundo plano.

Con el paso de las horas se confirmó la gravedad de lo sucedido: el colapso de la tribuna había dejado víctimas, una herida profunda en la ciudad y el estadio inutilizable por un tiempo. El equipo, golpeado emocionalmente, tuvo que recomponerse mientras la competencia continuaba. La decisión fue trasladar los partidos a Bogotá, al estadio Nemesio Camacho, en un escenario ajeno que terminaría siendo testigo de uno de los episodios más intensos del Club Deportes Tolima y de la carrera de Janio Cabezas.

Fue allí donde se definió el camino hacia el subcampeonato. Con “El Campín” a pleno, con cerca de 45 mil personas, Tolima enfrentó a Junior de Barranquilla en un partido que tuvo de todo. Janio abrió el marcador, pero lejos de terminar ahí el encuentro se transformó en un intercambio de goles de un lado y del otro hasta llegar a un vibrante 3-3.

Cuando el partido parecía encaminarse a la repartición de puntos, surgió la jugada decisiva. Una falta al borde del área generó expectativa. Todo indicaba que el cobro sería para el especialista, Víctor Hugo del Río, como, recuerda Cabezas, se practicaba en los entrenamientos. Pero, en un giro inesperado, Heberto Carrillo asumió la responsabilidad con confianza en su zurda y ejecutó un remate preciso, limpio, imposible para el arquero. El balón terminó en la red y desató la locura: 4-3.

Janio apenas recuerda hacia dónde corrió. Solo sabe que lo hizo impulsado por la emoción, buscando abrazar a Carrillo. Fue un instante puro, de desahogo y alegría, que contrastaba con todo lo vivido semanas atrás en el principal recinto deportivo de Ibagué.

Aquel triunfo aseguró el subcampeonato y la clasificación a la Copa Libertadores de 1982. Ese salto internacional marcó un antes y un después en su carrera. Compitiendo en un torneo internacional, tuvo la oportunidad de descubrir el mundo a través del fútbol.

Su primera experiencia en la Copa tuvo un componente especial. El destino lo cruzó nuevamente con Deportivo Táchira, el mismo equipo con el que había sido campeón pocos años atrás. El reencuentro no pudo ser mejor, con una victoria 2-0 en territorio venezolano y un gol suyo para abrir el camino.

Deportes Tolima firmó una fase de grupos memorable. Compartió zona con Deportivo Táchira, Estudiantes de Mérida y Atlético Nacional, y logró clasificarse como primero, invicto, con un balance de tres victorias y tres empates. Como confirmación de su subcampeonato y buen estado de forma.

Ya en el triangular final, el nivel de exigencia dio un salto aún mayor. Allí se midió ante Cobreloa y Olimpia, dos rivales con experiencia y peso internacional. A pesar del esfuerzo, Tolima no logró sostener el mismo rendimiento de la fase inicial y terminó cerrando su participación en el último lugar del grupo.

Sin embargo, más allá del resultado final, aquella campaña dejó una huella profunda: fue la ratificación de un proceso, y la evidencia de que el equipo podía medirse sin complejos ante clubes de tradición en Sudamérica. La Libertadores no solo le exigió competir contra rivales de alto nivel, sino que le permitió recorrer el continente: Venezuela, Chile y Paraguay. Janio cuenta que cada viaje era una experiencia nueva y que lo fortalecía como profesional.

En ese proceso fueron clave las personas que lo rodearon. Cuerpos técnicos con experiencia internacional, entrenadores y preparadores físicos que aportaron no solo en lo deportivo, sino en la formación integral del jugador. Con varios de ellos, incluso con el paso de los años, mantuvo vínculos que trascendieron la cancha.

Tras cerrar su etapa en Deportes Tolima, Janio recuerda su etapa en Atlético Bucaramanga, otro de los capítulos más significativos de su carrera. Llegaba después de un paso discreto por Deportivo Cali, con la necesidad de reencontrarse con su mejor versión, y lo hizo en un entorno que rápidamente se transformó en familiar.

Fuente: archivo personal

Janio Cabezas Valois integra el equipo de fútbol Atlético Bucaramanga de Colombia.

En Bucaramanga se integró a una delantera de alto nivel, tan efectiva como memorable. Desde su posición como puntero derecho, compartió ataque con nombres como Alfredo Ferrer, el “Pirata”, como referente de área, y Miguel Opaldo González por el sector izquierdo, quien terminaría siendo goleador del fútbol colombiano durante dos temporadas consecutivas. Con el tiempo, ese frente ofensivo sumó aún más talento con la llegada de Héctor Ramón Sosa y, posteriormente, de Orlando Maturana, el “Pony”, un jugador que dejaría huella en el país.

Aquel grupo se destacó por su capacidad goleadora y por la conexión dentro y fuera de la cancha. Fue un equipo que marcó época para él, comparable a lo vivido en Tolima, tanto en lo deportivo como en lo humano. En Bucaramanga recuperó la confianza perdida en su paso por Cali, volvió a ser determinante y firmó una de sus mejores etapas, tres años en los que anotó con frecuencia, asistió a sus compañeros y se consolidó como un jugador clave en el frente de ataque.

Más allá de los números, lo que perdura para Janio Cabezas es el vínculo. Ese plantel se mantuvo unido con el paso del tiempo, conservando la amistad y el contacto constante. Para él, Bucaramanga representa un lugar que quedó grabado en su memoria, asociado a goles, alegrías y compañeros que, hasta hoy, siguen siendo parte de su vida.

A lo largo de su carrera Janio sumó tanto equipos y experiencias con compañeros de equipo, como el privilegio de vivir el fútbol en su estado más pasional, los clásicos. Pocos jugadores pueden decir que estuvieron en ambos lados de rivalidades tan marcadas, y él fue uno de ellos.

Atlético Bucaramanga sintió de cerca la intensidad del clásico santandereano frente a Cúcuta Deportivo, un duelo que se jugaba con orgullo. Haber vestido ambas camisetas le permitió entender esa rivalidad desde adentro, con todo lo que implica para la gente y para el jugador. Era, en sus propias vivencias, un partido que se jugaba como si fuera “a vida o muerte”.

Pero su recorrido lo llevó a experimentar clásicos en distintas regiones del país. En Cali vivió el enfrentamiento entre Deportivo Cali y América de Cali; en el Eje Cafetero, el duelo entre Once Caldas y Deportes Quindío; y en Bogotá, el histórico choque entre Independiente Santa Fe y Millonarios.

En todos encontró el mismo patrón: el clásico es un partido aparte. No importa la posición en la tabla, ni el momento del equipo. Puede que uno llegue mejor que el otro, pero dentro de la cancha todo se iguala. La exigencia emocional es distinta, la presión se multiplica y el significado trasciende lo deportivo.

Esa capacidad de haberlos vivido en diferentes contextos y ciudades le dio una mirada completa del fútbol colombiano, entendiendo que, más allá de los títulos o las estadísticas, hay partidos que se quedan para siempre en la memoria. Y para él, esos clásicos fueron precisamente eso: momentos únicos, cargados de tensión, orgullo y una pasión que solo se entiende cuando se vive desde adentro.

Entre tantas historias que le dejó el fútbol, hay una que Janio recuerda siempre con una sonrisa, especialmente cuando habla de sus compañeros y entrenadores argentinos, tan fieles a sus cábalas.

Durante su etapa en Deportes Tolima, vivió un episodio insólito que recuerda con humor: En la previa de un partido en Cali, el plantel se encontraba fuera del hotel, compartiendo un momento distendido, viendo pasar la gente por el centro de la ciudad. De repente, un gato negro cruzó justo frente a ellos. Hubo sorpresa, incluso cierta inquietud por las supersticiones, pero el hecho quedó como una anécdota más… hasta la noche del partido.

Ese día, Tolima dio el golpe y venció 2-0 al Deportivo Cali en el Pascual Guerrero, un resultado inesperado. Para algunos, fue fútbol; para otros, no había dudas: el gato negro había tenido algo que ver.

La historia no terminó ahí. Días después, antes de un nuevo partido, esta vez en Armenia, el técnico uruguayo, conocido como “Chema”, tomó una decisión que dejó a todos entre la risa y la incredulidad. Convencido de que había que repetir la “fórmula”, le pidió al utilero que consiguiera un gato negro para recrear la escena previa al triunfo en Cali.

La petición era completamente en serio. El utilero recorrió la ciudad buscando el famoso gato, pero al no encontrar uno negro, regresó con una alternativa: uno blanco. La respuesta del entrenador fue tan insólita como memorable: que lo pintaran, pero que apareciera un gato negro frente al grupo.

La anécdota resume a la perfección ese choque cultural que tanto marcó a Janio. Mientras en Colombia se hablaba de “agüeros”, para muchos argentinos y uruguayos las cábalas eran casi una religión. Si algo funcionaba, había que repetirlo tal cual: la misma ropa, las mismas rutinas, los mismos gestos.

Si el gato volvió a aparecer o no, lo cierto es que historias como esa quedaron grabadas para siempre. Son esos momentos, entre lo absurdo y lo entrañable, los que terminan dándole al fútbol un color especial, y los que Janio recuerda hoy como parte de una carrera llena de vivencias únicas.

Su identidad como futbolista
Más allá de los equipos, los títulos y los estadios que recorrió, Janio entiende su carrera como una suma de experiencias que formaron mucho más que a un futbolista. Desde aquel niño en Buenaventura que encontró en un balón una manera de imaginar su futuro, hasta el jugador que recorrió Colombia y otros lugares gracias a su talento, su camino estuvo marcado por las oportunidades que supo aprovechar y por los personajes que encontró en cada etapa.

El fútbol le permitió conocer distintas culturas e idiosincrasia propias de las ciudades donde vivió. Lo llevó a compartir vestuario con campeones del mundo, goleadores, figuras que posteriormente dejarían una huella en el fútbol colombiano y compañeros con quienes, incluso décadas después, mantiene una amistad. Cada equipo dejó algo diferente: Santa Fe representó la puerta de entrada al profesionalismo; Táchira, la posibilidad de convertirse en campeón fuera del país; Tolima, uno de los mayores puntos de crecimiento de su carrera y de su vida personal; Bucaramanga, el escenario para recuperar su mejor versión y volver a sentirse protagonista.

Pero al mirar atrás, parece que lo que más permanece no son necesariamente los resultados, cuando Janio habla de su carrera lo que menos menciona son los títulos que consiguió. Son las historias. Los viajes, los clásicos, las concentraciones, las bromas en los hoteles, las cábalas de sus compañeros argentinos y uruguayos, los abrazos después de un gol y las amistades que sobrevivieron al paso del tiempo. En cada recuerdo aparece una parte de aquel joven que alguna vez tuvo que escuchar que no era suficiente para jugar en Deportivo Cali o Millonarios y que, en lugar de rendirse, siguió buscando una oportunidad.

Quizás por eso Janio habla de su carrera con una mezcla de nostalgia y gratitud. El fútbol le permitió recorrer caminos que probablemente nunca imaginó. Le enseñó a competir, pero también a administrar su vida, a pensar en el futuro, a valorar a su familia y a entender que detrás de cada camiseta hay personas y experiencias que terminan acompañándolo mucho después de abandonar una cancha.

Su historia no se resume en los años que pasó dentro de un campo de fútbol. Se encuentra en las personas que conoció, en las ciudades que descubrió y en los recuerdos que todavía conserva. Porque para Janio Cabezas, el fútbol no fue únicamente una profesión: fue la manera en que terminó conociendo el mundo y, en el proceso, aprendiendo también a conocerse a sí mismo.

Agon y Areté
Soy Sandro Angulo Rincón, colombiano, periodista y profesor universitario. Investigo, practico en forma amateur y consumo deportes. Aspiro a producir piezas periodísticas de calidad y obtener la retroalimentación de los lectores para que Agon & Areté crezca entre distintos públicos de habla española, inglesa, portuguesa y árabe.

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