(En agon&areté iniciamos la publicación de tres semblanzas sobre exfutbolistas del equipo de fútbol Deportes Tolima que dejaron huella en el club en la década de los 80. Esta iniciativa surge de la investigación de estudiantes del programa de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad del Tolima, Colombia).
Por: Carlos Daniel Chaves Cárdenas, Jessica Lorena Ferreira Robayo y Juliana Lucía Castillo Carrillo.
Asesor: Sandro Angulo Rincón.
Un recorrido por los momentos que marcaron la vida de Heberto Carrillo, desde sus inicios en el fútbol profesional colombiano hasta las experiencias que llegaron después.
Heberto Carrillo, el primero acurrucado de izquierda a derecha de la foto principal, nació el 3 de noviembre de 1953 en Bogotá. Creció en una familia en la que el fútbol estuvo presente desde sus primeros años. Uno de sus hermanos, Gabriel, también fue futbolista profesional y llegó a jugar en Millonarios. Su experiencia terminó influyendo en la manera en que la familia veía la carrera de Heberto, especialmente después de que una rotura de meniscos afectara su propia trayectoria y lo hiciera retirarse.
Gabriel no estaba convencido de que Heberto debiera dedicarse al fútbol. Prefería que terminara sus estudios y conocía de primera mano las dificultades que podía traer una carrera como futbolista. Sin embargo, Heberto tenía claro que quería seguir ese camino.
La situación llegó a un punto de quiebre cuando Heberto perdió cuarto de bachillerato. Gabriel decidió que debía salir de la casa y habló con otro de sus hermanos para que se fuera a vivir a Villavicencio. Lo que en ese momento pudo parecer un problema familiar terminó teniendo una influencia importante en su futuro. Años después, Heberto recordaría aquella decisión como una circunstancia que terminó ayudándolo a encontrar el camino que buscaba en el fútbol.
Gabriel era, en su familia, una figura fundamental desde la muerte de sus padres. Aunque inicialmente había intentado convencerlo de que priorizara los estudios, terminó acompañándolo durante su carrera y apoyándolo en sus decisiones. Sus hermanos también estuvieron presentes en los primeros años de su vida como futbolista.
El microfútbol tuvo un papel importante en su formación. Los espacios reducidos le permitieron trabajar la técnica, los movimientos con la pelota y la capacidad para resolver las jugadas rápidamente. Esas características terminarían siguiéndolo cuando dio el salto al fútbol de campo.
Fue con la Selección Meta donde se le dio el llamado a jugar fútbol profesional, cuando le marcó dos goles a Valle del Cauca en el torneo nacional. Ahí lo llamaron de las divisiones inferiores de Santa Fe y Millonarios para que formara parte de sus equipos.
De manera que Heberto terminó de nuevo en Bogotá. Con la ayuda de su hermano Gabriel regresó a la capital, esta vez con una condición clara: debía responder en el colegio. La oportunidad de continuar su camino en el fútbol llegó poco después. Heberto se presentó a las pruebas de Millonarios, a las que acudieron cerca de 300 jugadores. Entre tantos fue seleccionado por el club.
Su llegada a Millonarios, sin embargo, todavía necesitaba resolver un trámite. El club requería un documento que certificara que Heberto estaba libre de cualquier compromiso con el equipo de Villavicencio en el que había estado jugando. Para conseguirlo contó con la ayuda del alcalde de Villavicencio, quien además había sido presidente de la Federación de Fútbol del Meta.
Aunque inicialmente había sido observado por Millonarios, termina llegando primero a Santa Fe. Allí comienza en la tercera división, pero unos entrenadores yugoslavos lo ascienden a la categoría amateur y posteriormente a la reserva. En esa temporada llegó a la final de liga vs Millonarios, ahí marcó dos goles y quedó campeón, hito que Santa Fe no conseguía hace varios años.
Después de seis meses, el proyecto yugoslavo de Santa Fe entrega los pases de los jugadores a Imprenta Nueva Granada. Heberto continúa allí y vuelve a ser campeón. En la final contra Millonarios, disputada en el estadio Gonzalo López de la Universidad Nacional, convierte el último penal de la tanda de lanzamientos desde el punto final.
Jaime Arroyave, impresionado por sus actuaciones como jugador amateur, lo invita a jugar con la reserva de Millonarios en Quibdó. Heberto acepta y en su primer partido marca cuatro goles. Después de ese encuentro, Arroyave le comunica que ya pertenece a Millonarios.
En medio de ese proceso, Heberto también había presentado los exámenes para ingresar a la Escuela General Santander y convertirse en oficial de la Policía. Aprobó el examen, pero no superó la visita domiciliaria, pues en ese momento él estaba de viaje con Millonarios. Ese episodio concluyó coincidiendo con el momento en que Arroyave consiguió destrabar su pase de Nueva Granada.
Finalmente, Heberto logró desvincularse de Imprenta Nueva Granada y comenzó a trabajar con Millonarios. Todavía debía combinar el fútbol con el trabajo y los estudios, mientras esperaba la oportunidad de dar el salto al profesionalismo.
La oportunidad llegó de la mano de Gabriel Ochoa Uribe, técnico de Millonarios. Ochoa conocía sus condiciones y decidió darle la posibilidad de trabajar con el equipo profesional. Así, después de varios años de insistencia y de haber recorrido diferentes rutas para llegar al fútbol, Heberto comenzó a entrenar con el plantel profesional.
Heberto cuenta que originalmente jugaba como puntero izquierdo en la Selección Meta y tenía características ofensivas. Cuando llegó al amateur de Millonarios, Gabriel Ochoa Uribe lo vio jugar y le dijo que su posición no era la de puntero ni la de volante, sino la de marcador izquierdo. Ochoa comenzó a formarlo en esa posición y Heberto acabó convirtiéndose en figura como lateral durante sus primeros años profesionales.
Su debut llegaría poco después, en un partido frente a Once Caldas. Heberto todavía competía por un lugar en la defensa, pero una lesión de Jairo Charry durante el encuentro terminó dando la oportunidad para ingresar al equipo. Alonso “Pocillo” López pasó a ocupar el otro costado y Heberto se quedó con el puesto de marcador izquierdo.
A partir de ese momento comenzó a ganarse un lugar en Millonarios. Terminó desplazando a ‘Pocillo’, quien incluso hacía parte de la Selección Colombia, y empezó a consolidarse como titular.
Incluso después de llegar al profesionalismo, continuó vinculado al microfútbol. Jaime Arroyave gestionó ante el médico de Millonarios el permiso para que pudiera representar a Colombia en Porto Alegre, Brasil. El equipo terminó tercero y Heberto ganó la medalla de bronce; además, recuerda que su gol fue considerado el mejor del torneo.
Después de consolidarse como profesional, dejó definitivamente el microfútbol. Él mismo recuerda que la lesión de Charry fue la circunstancia que le abrió la puerta al fútbol profesional. El médico de Millonarios resumió aquella circunstancia con una frase que Heberto todavía recuerda de su debut frente a Once Caldas “¿Debut o despedida?”
“Ya con Millonarios, con el equipo profesional, yo decía, hasta ahí llegó, el micro se acabó. Entonces, después del partido que hice contra Once Caldas, desafortunadamente la lesión de este muchacho Charry me dio la oportunidad de salir yo al fútbol profesional”.
Luego de superar una lesión que incluso le impidió viajar a Estados Unidos, Heberto continuó consolidándose en Millonarios.
En 1978 llegó el gran momento. El equipo, dirigido por Pedro Rodolfo Dellacha, peleó por el campeonato. Heberto recuerda especialmente los partidos de definición. En uno de ellos, ingresó en el segundo tiempo contra Deportivo Cali, ayudó a conseguir el empate que aseguró la clasificación a la Copa Libertadores y luego Millonarios derrotó 3-1 a Santa Fe en El Campín para conseguir la estrella número 11.
En la definición de aquella temporada tuvo una participación importante. Frente al Deportivo Cali ingresó en el segundo tiempo y ayudó a conseguir el empate que posibilitó a Millonarios asegurar la clasificación. En el último partido, ante Santa Fe, el equipo ganó 3-1 en El Campín y consiguió el campeonato.
La Copa Libertadores le permitió, además, disputar partidos fuera de Colombia. Millonarios consiguió una victoria histórica frente a Quilmes en Argentina, convirtiéndose en el primer equipo colombiano en ganar en ese país dentro de la competición.
Aunque todo parecía ir bien para Carrillo, en 1980 su carrera tomó un rumbo inesperado para él. Durante la pretemporada con Millonarios le informaron que el Deportes Tolima estaba interesado en contratarlo. Le dijeron que podía viajar a probarse y que, si las cosas no funcionaban, tendría la posibilidad de regresar a Bogotá.
Heberto aceptó y viajó con el equipo pijao. Sin embargo, cuando regresó a la capital recibió una noticia diferente, Millonarios ya no contaba con él. El club había tomado la decisión de enviarlo al Tolima y su regreso a Bogotá quedó descartado. La situación lo tomó por sorpresa, pero sin otra opción sobre la mesa viajó a Ibagué para comenzar una nueva etapa.
La llegada al Tolima significó un cambio importante. Carrillo venía de Millonarios, un club con una estructura consolidada, sede propia y mayores recursos para los entrenamientos. En Ibagué encontró una realidad diferente. El equipo todavía no tenía cancha propia y debía entrenar en el Parque Deportivo o desplazarse a diferentes escenarios y escuelas de la ciudad. Los viajes en bus se volvieron parte de la rutina.

Heberto Carrillo junto a aficionados del Deportes Tolima
A pesar de esas condiciones, el grupo comenzó a crecer. Llegaron nuevos jugadores, otros se fueron y poco a poco se formó una plantilla que empezó a mostrar una identidad. Carrillo recuerda que desde 1980 el equipo comenzó a ofrecer un fútbol que llamaba la atención en diferentes ciudades del país.
El proceso alcanzó un nuevo nivel con la llegada de Ricardo de León. El técnico introdujo un sistema basado en la presión y el equipo tuvo que trabajar durante meses para comprenderlo. La adaptación fue difícil al comienzo, pero con el tiempo los jugadores entendieron la idea y los resultados empezaron a llegar.
Carrillo terminó convirtiéndose en una pieza importante de aquel equipo. Su capacidad para participar en ataque y su manejo de la pelota quieta le permitieron protagonizar algunos de los momentos que todavía recuerda de aquella época.
El crecimiento del equipo coincidió con una época en la que el Deportes Tolima comenzó a despertar un entusiasmo que todavía no había vivido. Los hinchas empezaron a acompañarlo masivamente y el equipo llenaba las plazas a las que viajaba. En Ibagué, esa relación con el público crecía hasta que una tragedia cambió por un instante la historia de aquel grupo.
El Tolima debía enfrentarse al Deportivo Cali en el estadio Manuel Murillo Toro. Heberto no pudo jugar aquel partido porque había sido sancionado en el encuentro anterior contra América en Cali. Por eso, esa tarde se encontraba en las tribunas junto a su esposa y su hija.
En medio del partido, un fuerte estruendo interrumpió todo. La estructura de una de las tribunas cedió cuando los aficionados se acercaron a la barda de cemento. El impacto provocó una nube de polvo y convirtió el estadio en un caos. Heberto recuerda que el equipo dejó de utilizar el Murillo Toro y tuvo que trasladar sus partidos a Bogotá hasta que el escenario fuera remodelado y pudiera volver a recibir encuentros.
La tragedia dejó una marca en el grupo. Más de 15 personas murieron como consecuencia del accidente, según recuerda Heberto, que vivió aquel momento desde muy cerca.
Para el Tolima, el accidente significó perder temporalmente su casa. El equipo tuvo que entrenar en Ibagué y disputar sus partidos en Bogotá. Sin embargo, aquella circunstancia terminó coincidiendo con una de las etapas más importantes de la generación del Kokoriko, nombre heredado de su patrocinador, una rosticería de Ibagué. El grupo ya estaba acostumbrado a jugar en la capital y no tardaría en convertir El Campín en otro escenario para escribir su historia.
Uno de esos momentos ocurrió al final de temporada, en un partido frente a Junior. El Tolima ganaba 3-1, pero el equipo barranquillero consiguió igualar el marcador. En los minutos finales apareció una falta a unos 35 metros del arco norte. Víctor Hugo del Río y Cristino Centurión habían ejecutado algunos tiros libres durante el partido, pero esta vez Carrillo pidió hacerse cargo.
Víctor Hugo del Río le advirtió que, si no convertía, sus compañeros se lo iban a cobrar. Carrillo tomó carrera y sacó un remate que superó la barrera y terminó junto al palo izquierdo del arquero Delménico. El gol le dio la victoria 4-3 al Tolima, obteniendo así el subcampeonato y su mejor resultado de temporada en la historia de la institución, y provocó una celebración que quedó en la memoria colectiva. Los aficionados hicieron que el equipo diera una vuelta olímpica en El Campín, como si acabara de ganar un campeonato.
“Vino una falta más o menos a 35 metros del arco norte del Campín y ya había pateado Víctor Hugo (del Río) y había pateado (Cristino) Centurión. Entonces me fui caminando y los saqué de ahí, no con buenas palabras, sino que se abrieran, y me sentía tan seguro. Víctor Hugo dijo: ‘No, usted si no lo llega a hacer lo cogemos a coscorrones’. El árbitro pitó y le hice el gol a (Juan Carlos) Delménico por encima de la barrera, […] pasó el balón por encima y se ubicó en la parte izquierda de la mano del arquero. Un golazo”.
En El Campín, además, el Tolima encontró un público que hizo suyo al equipo. Después del partido contra Junior, aquel gol de tiro libre de Heberto provocó una celebración que parecía la de un campeonato. Miles de personas se quedaron por fuera del estadio y los hinchas hicieron que los jugadores dieran una vuelta olímpica. Días después, el equipo sería recibido en Ibagué en medio de una celebración multitudinaria.
El resultado también confirmó el lugar del Tolima en la Copa Libertadores, el torneo que el equipo había empezado a mirar como el siguiente desafío. Para Heberto, llegar hasta allí tenía un significado especial. Años atrás había disputado la competición con Millonarios, aunque aquella experiencia finalizó en la primera fase. Ahora regresaba al torneo con un equipo que había delineado su trayectoria desde unas condiciones mucho más modestas.
Para llegar hasta allí tuvieron que jugar lejos de Ibagué. La caída de la tribuna del Murillo Toro había obligado al equipo a disputar sus partidos como local en Bogotá. Entrenaban en Ibagué y viajaban a la capital para competir. La situación podía haber afectado al grupo, pero Heberto recuerda que estaban acostumbrados a jugar en Bogotá, y que el equipo no le tenía temor a las condiciones de la ciudad.
El equipo avanzó en la competición y a dejó atrás a sus rivales. Para Heberto, la diferencia con su experiencia anterior en Millonarios era evidente. Mientras con el conjunto bogotano no había podido superar la primera fase, con el Tolima el recorrido se extendió hasta las últimas instancias.
“Con Millonarios no pasamos de la primera fase y nosotros llegamos a la semifinal con el Tolima”, recuerda Heberto al comparar las dos experiencias.
Llegar a semifinales convirtió aquella participación en un momento histórico para el Deportes Tolima. Heberto la recuerda como una de las mejores actuaciones de un equipo colombiano en la Copa Libertadores antes de que Nacional y Once Caldas conquistaran posteriormente el título continental.
Para él, más allá de lo que significaba alcanzar aquella instancia, la experiencia quedó asociada al grupo que había construido el Tolima desde 1980. Habían llegado a Ibagué con condiciones mucho más limitadas que las de otros clubes y, después de varios años de trabajo, estaban compitiendo en el principal torneo de clubes de Sudamérica.
La semifinal fue el punto más alto de aquella aventura internacional. El Tolima no consiguió avanzar a la final, pero su recorrido ya había cambiado la dimensión del equipo. Aquel grupo que se había formado en Ibagué había conseguido llevar al club hasta una instancia que, durante muchos años, permanecería como una de sus mayores actuaciones internacionales.
Para Heberto, la Copa Libertadores confirmó lo que aquel equipo había empezado a construir en Colombia. El Kokoriko ya no era solamente un conjunto que llenaba estadios en el país: se había hecho un lugar entre los equipos más destacados del continente.
Para Heberto, el Deportes Tolima de comienzos de los años ochenta estaba lejos de ser el club que hoy conocen sus hinchas. Cuando llegó desde Millonarios encontró un equipo con pocas condiciones para trabajar. No tenía sede de entrenamiento propia, compartían el escenario con cualquier persona que quisiera utilizarlo y los jugadores tenían que arreglárselas con un solo uniforme para toda la semana.
La transformación comenzó a producirse con el crecimiento del grupo. Llegaron jugadores, se fueron otros y, poco a poco, Gabriel Camargo entendió que el equipo podía aspirar a algo más. Heberto recuerda que aquella generación permaneció concentrada durante seis o siete meses y que la relación entre los jugadores fue determinante para obtener los resultados.
Con el tiempo, aquella relación le permitió conocer otra faceta de Camargo. Heberto reconoce que varios jugadores no se adaptaban a Ibagué y querían marcharse, pero Camargo les daba la posibilidad de quedarse y continuar con el proyecto. Para Carrillo, esa fue parte de la diferencia entre aquel Tolima y el club que posteriormente se convertiría en una institución mucho más sólida.
Después de aquella Copa Libertadores, los años comenzaron a pasar y la carrera de Heberto entró en su última etapa. Después de su paso por Millonarios, Santa Fe, Bucaramanga y Tolima, llegó al Quindío, donde encontró un ambiente que lo alejó definitivamente del fútbol profesional.
Heberto había construido su carrera bajo una idea muy clara de disciplina. Por eso le resultó difícil aceptar que en el Quindío algunos jugadores no asistieran a los entrenamientos o prefirieran salir a beber antes que cumplir con el trabajo. A los 31 años decidió que no quería continuar. En 1987 culminó su carrera como futbolista profesional.
El retiro, sin embargo, duró poco antes de encontrar una nueva forma de permanecer en las canchas. Ese mismo año comenzó a dirigir un equipo de Primera C. Había descubierto que también disfrutaba la dirección técnica y que podía trasladar a otros jugadores parte de lo que había aprendido durante su carrera.
La vida de Heberto como entrenador también estuvo atravesada por la época más difícil del fútbol colombiano. En los años en los que el narcotráfico tuvo una fuerte influencia sobre diferentes sectores del país, él enfrentó directamente una situación que todavía recuerda con incomodidad.
Había sido contratado para dirigir a Dinastía de Riosucio, en la Primera B. Recibió al equipo en los últimos lugares y consiguió acercarlo a la clasificación. En medio de esa campaña llegó el partido contra Atlético Buenaventura. El equipo estaba concentrado en un hotel de Riosucio cuando el dueño apareció para comunicarles que debían perder.
Según el relato de Heberto, aquella decisión obedecía a una orden de Pablo Escobar. Cuando decidió recoger sus cosas e irse, le advirtieron que, si abandonaba el hotel, podían matarlo y que estaban buscándolo. Heberto asegura que llevó la situación ante la Federación Colombiana de Fútbol, pero no recibió una respuesta que solucionara el problema.
“El dueño del equipo llegó y nos dijo que teníamos que perder. Yo le dije que no, que cómo íbamos a perder un partido. Me dijo que era una orden de ’Pablito’ Escobar” … “Me dijeron que si yo salía del hotel me mataban, que me estaban buscando”.
Es una historia que todavía le cuesta contar. Cuando se refiere a aquellos años, reconoce que el narcotráfico estaba presente alrededor del fútbol y que para quienes trabajaban en ese ambiente era muy difícil mantenerse al margen de esa realidad.
Después de retirarse, Heberto encontró en la formación de jóvenes una manera de continuar ligado al fútbol. Durante años trabajó con jugadores de diferentes edades y creó espacios de formación, entre ellos el Real Madrid, donde estuvo acompañado por Alfonso Cañón durante cerca de dos décadas. Asimismo, trabajó con selecciones de Bogotá, del Meta y con Alianza Llanos.
Su idea sobre la formación cambió. Heberto no se presenta como alguien que fabrica futbolistas. Prefiere hablar de enseñar, explicar y competir, dejando que sean los propios jugadores quienes demuestren sus condiciones. Para él, la disciplina y la responsabilidad siguen siendo fundamentales para cualquier deportista.
Esa filosofía le ha permitido encontrarse, años después, con algunos de los jugadores que pasaron por sus equipos. Muchos lo reconocen, lo abrazan y le agradecen las enseñanzas recibidas, incluso aquellos que se desarrollaron profesionalmente en otros campos. En Bogotá, en el Meta y en otros lugares donde trabajó, Heberto sigue encontrándose con personas que recuerdan sus años de formación.
Hoy continúa vinculado al fútbol. A pesar de reconocer que el cansancio es evidente, todavía recibe llamados de jóvenes que quieren trabajar con él. Sigue jugando con veteranos y conserva algunas de las habilidades que desarrolló desde sus primeros años en el microfútbol.
El fútbol, al final, le dio mucho más de lo que Heberto imaginaba cuando comenzó a perseguir un balón. Le posibilitó conocer otros lugares, formar una familia y construir una vida alrededor de las canchas. También le dejó amigos, compañeros y generaciones de jugadores que hoy lo reconocen por lo que les enseñó.
Quizás por eso, cuando habla del fútbol actual y de los cambios que ha vivido el deporte, su mirada vuelve constantemente a la formación. Para Heberto, el fútbol sigue siendo una cuestión de disciplina, trabajo y responsabilidad. Y mientras pueda seguir enseñándolo, todavía encuentra una razón para permanecer cerca de una cancha.
